Vampire Weekend: en el riesgo está la victoria

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Me ocurre pocas veces terminar de escuchar un disco y ponerlo otra vez. Habitualmente tan sólo salvamos cinco o seis canciones, si hay suerte. Como ya he comentado más de una vez por aquí, vivimos en una época en la que manda el single por encima del disco. Parece que tengamos prisa. Hay tanto que consumir que las canciones duran como máximo un mes, y las películas, por ejemplo, dos semanas en taquilla. La oferta es tan bestia que no hay para todos. Así que si me encuentro con el nuevo disco de Vampire Weekend y descubro que se puede disfrutar de principio a fin lo pongo una y otra vez como si fuera una tesoro brillante encontrado en un basurero.
No he sido muy seguidor de la banda americana. Su primer disco no me llamó demasiado la atención, en cambio Contra (2012) sí contenía cuatro o cinco canciones que reconozco que me gustan y mucho.
Con este panorama, no hace falta decir que no esperaba demasiado de Modern Vampires of the City.
A veces equivocarse da una gran satisfacción.
Se ha convertido en mi disco del mes, seguramente del año y probablemente tenga siempre un espacio siempre para él en mi Ipod.
Son a menudo melodías delicadas y complicadas las de Vampire Weekend.
Tanto que parece que vayan a romperse, a caerse del fino cable donde cuelgan.
Funcionan seguramente porque son arriesgadas y como dicen los que salen victoriosos,
en el riesgo está la victoria.

Pero lo que más me ha llamado la atención es la constante sorpresa en las canciones, sea en forma de cambio de ritmo en un guitarra, en la pausa de un par de fantásticas baladas (Don’t Lie, Step: imposible olvidarse de ellas) o en detalles como el final de Obvious Bicycle: una melodía al piano como el cierre de una obra.
Si uno no se aburre a los treinta segundo de una canción, al primer capítulo de una serie o a la media hora de una película es que, de entrada, tiene algo que vale la pena seguir mirando o escuchando, aunque sea por curiosidad.
Incluso la acelerada Worship You, la pegadiza Unbelievers y ese temazo que es Diane Young disfrazado de rockabilly 2.0 o una de mis favoritas, Everlasting Arms, no pierden en ningún caso el tono general del disco, que a pesar de los giros constantes no pierde personalidad.

Como su portada, es a menudo melancólico, pocas veces oscuro pero con esperanza en la sombra.
Maduro, serio, bien interpretado, sin duda, el mejor álbum de Vampire Weekend, que llevará a sus detractores a tragarse sus palabras, al menos hasta el próximo disco.
Y es que cuesta tanto encontrar algo que te seduzca –y que además sea bueno– que lo mejor es repetir en cualquier escenario posible. No se sabe nunca lo que te vas a encontrar.

Comments

  1. De Vampire Weekend conocía un par de canciones sueltas que me gustaban, pero me he animado a escuchar este disco tras leer tu entrada y, como dices, es un disco redondo, que se puede disfrutar de principio a fin.
    Me alegro de haberlo hecho porque como dices, me da la sensación de que es uno de esos discos que seguiré oyendo y disfrutando dentro de muchos años. Gracias 🙂

    • Gracias por tu comentario. A veces uno escribe y realmente no cree que haya alguien al otro lado. Y tienes toda la razón, pasará algún tiempo y el disco de Vampire Weekend seguro que no perderá calidad.
      Saludos

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