Hachiko: el cine es mentira

No es que no me gusten las películas de animales. Como con todas, al fin y al cabo, si entretiene no le doy ascos a nada.
Incluso aquellas en las que los pobres animales mueven la boca y hablan.
Confesad, malditos. Todos hemos sido pequeños y las hemos visto con los ojos como platos.
Menos mal que hemos crecido y las modas han evolucionado, no sé si para bien.
Pero ahora la tendencia en el cine es contarnos historias maravillosas sobre perros, gatos, caballos, ballenas o delfines y la extraordinaria relación que mantienen con los dueños que le han salvado la vida. Tampoco nos olvidemos de aquellas historias que, aunque separados por el destino durante años, el final feliz nos demuestra que la amistad con un animal es para siempre. Son películas hechas para el público infantil y juvenil, y desgraciadamente a menudo se trata al pequeño espectador como un imbécil, alejándolo de la cruda realidad del mismo modo que con Disney algunas chicas siguen esperando al príncipe azul.
 

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Lucy, la nueva esperanza de Scarlett Johansson

Érase una vez una mujer señalada como la más sexy del planeta.
Desde entonces, su vida ya no fue nunca más la misma.
Marcada como si dicho título fuera una maldición, Scarlett Johansson ha luchado contra viento y marea para reivindicarse una y otra vez para demostrar que es algo más que una mirada, unos labios, unos ojos, y porqué no decirlo, unas tetas y un culo.
Desde bien pequeña, la actriz ha participada de una manera más o menos natural en producciones de todo tipo, hasta que Robert Redford y los Coen la ficharon para sus películas.
Hasta entonces todo bien. Aún conservaba un aire inocente en su interpretación, sin fijarse demasiado en lo bien de iluminados que quedaban sus pómulos.
No sé si a día de hoy aceptaría participar en gamberradas tan divertidas como Arac Attack (2002) o la pequeña película indie Ghost World (2001).
Pero al fin y al cabo todos tenemos que comer.
Aunque si hay que echarle la culpa a alguien se la tenemos que dar a Sofia Coppola, quien la dirigió en la sobrevalorada Lost in Translation (2003) que se inicia, recordemos, con un plano de las bragas transparentes de la joven actriz ocupando toda la pantalla.
A partir de ahí, Scarlett Johansson se convirtió en un personaje más.
Elevada a categoría de estrella y, por tanto, en objetivo de miles de cámaras.
Nunca sabremos si las actuaciones fuera de pantalla, los esfuerzos en ser una femme fatale constantemente, le debe haber cortado el proceso en su crecimiento como actriz.
Porque no nos engañemos, Scarlet Johansson no es una buena actriz. Y aún tenía margen de mejora.
Fue notable en Match Point (2005) pero en todas las demás, la actriz se limita a ser un maniquí con diferente peinado, maquillaje y vestuario. Siempre con la misma cara forzada, como si un paso en falso en su reputación de actriz sexy se pudiera tambalear en cualquier momento e irse al traste un futuro prometedor económicamente. Su mejor actuación, a día de hoy, es en Her (2013) , donde no se la ve en ningún momento.
Todo esto es por la inminente llegada de Lucy (22 de Agosto) dirigida por Luc Besson, la qual todo lo visto hasta ahora promete y mucho, pero desde Leon que uno espera una película suya que esté a su misma altura.
Quién sabe si la interpretación de Scarlett Johansson ensuciará el resultado final, si a partir de ahora toda producción debe ser protagonizada por un actor o un actriz más pendiente de su instagram que de sus dotes interpretativas, que al fin y al cabo, alteran lo que podría ser una buena película.

Prisoners: el cine no ha muerto

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Puede que el cine, en cierto modo, nos haya vuelto un poco tontos.
Tras un buen puñado de películas a las espaldas cualquier persona podría llegar a adivinar
algunas soluciones de muchas tramas.
Tantas historias y tan parecidas que puede llegar a ser comprensible bajar un poco la defensa y
acostumbrarse a un producto masticado y dejar de buscar la sorpresa y el entretenimiento que siempre se ha encontrado en el cine.
Después de ver “Prisoners” , y varios días de reflexión más tarde,  me pregunto si ahora el cine se ha vuelto más visual que nunca, en el sentido en el que sea el género que sea. La solución final de una película cuando al principio de la película se había mostrado un personaje o un objeto durante más de tres segundos, advirtiéndonos que ese/eso era un parte importante de la historia y que no debíamos olvidarnos.
Parece que el cine de historias haya muerto para muchos directores.
O dicho de otra manera, nos están insultando e infravalorando sutilmente.
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Totoro, Pixar y Kellogs

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Cuando era tan pequeño que en la escuela no había (casi) deberes volvía del colegio y merendaba un bol bien grande de leche (y dos cucharadas de Nesquik) con Frosties de Kellogs . Otros días mi querida abuela me hacía los mejores crepes del mundo. Lo que no faltaba nunca era una visita a todas las películas en VHS que había por casa y cada día miraba un trozo distinto. Aunque fuera un renacuajo me lo pasaba en grande con los hermanos marx, con el blanco y negro de cintas como Johnny Guitar, me reía con Billy Wilder y Blade Runner me dejó sin palabras. Así que con una infancia sin demasiados dibujos animados no es de extrañar que ahora sienta cierta debilidad por la animación. Lo veo casi todo, sin excepciones. Fui al cine a ver El Rey León y Toy Story, dos películas con las que todos estaríamos de acuerdo en que marcan un antes y después para el género.

No recuerdo en qué película en su edición en dvd incluía un reportaje  en la que  John Lasseter aseguraba que una de sus máximas para cada producción de Pixar era saber qué había en cada cajón, una exigente manera de comprobar la perfección y la atención a los detalles que ponen en cada película. Una frase que escuché como una revelación divina. Aunque no se mostrara en las películas valía la pena conocer todos los elementos que fluían alrededor de los personajes y de la historia. Las películas entonces tienen un carisma auténtico y real que da a Pixar una característica que otras productoras de animación no tienen. Son igual de entretenidas ahora que en el día de su estreno, y lo serán de aquí quince años, cuando quiera volver a ver las aventuras de Woody y Buzz.

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Pero no es Pixar todo lo que reluce. Las dos partes de Cars, la sosa Brave y la infravalorada Bugs, pese a ser técnicamente impecables no pueden competir con las demás, todas ellas obras maestras. La llegada inminente de la pre-secuela de Monster S.A me parece un simple pero gigante paso atrás para la compañía que en su momento dijo que nunca harían segundas partes, a excepción de Toy Story, aunque concretamente no sea una continuación, pero ustedes ya me entienden.

Muchos se deben estar volviendo locos hablando de Pixar antes que Miyazaki pero antes solo una reflexión. Brillantes películas como Blancanieves (1937), Pinocho  o Fantasía (ambas, 1940) tienen más años que muchos de nosotros juntos debería hacer reflexionar a más de uno. Así que al rincón de pensar.

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Y sí, los Studio Ghibli han mantenido un nivel excelente siempre a la sombra de las producciones con más dinero para poner publicidad en bebidas y en toallas de playa. Sin embargo, siempre han estado ahí, luchando contra la tecnología y ofreciendo algo más que una simple película. Totoro, uno de los iconos de la animación, data de 1988 y a día de hoy parece un símbolo más moderno que el pájaro de twitter. Siguen realizando cintas tan simplemente bonitas que echar un vistazo a la televisión infantil dan ganas de sacarle los ojos al niño.

Hoy no hablaré de una de mis cintas de animación favoritas: El Gigante de Hierro. Queda para el próximo día.

Los dragones de David Fincher

Imagino que a estas alturas ya nadie debe creer en los Oscar, en los premios en general, convertidos ahora en una maquinaria en la que importa más el dinero que cualquier otra cosa que tenga que ver con la calidad de una obra.

En caso contrario que alguien se levante y me diga qué tiene The Artist, ganadora del Oscar a mejor película en 2012,  que no tenga El Árbol de la Vida. Simpatía? Quizás.
Con tanta nominación me pica la curiosidad saber qué debe tener David Fincher, uno de los mejores cineastas de la actualidad, para que (casi) nunca le den el reconocimiento de las obras maestras que dirige.  Es imposible no mirar atrás y preguntarse qué ha pasado desde el año 2000 que todas las películas no han tenido la misma reputación que las premiadas en los 90.

Bailando con Lobos, Sin Perdón, El Silencio de los Corderos,  La Lista de Schindler, Braveheart y hasta Forrest Gump se han convertido en clásicos del cine contemporáneo.

Crash, Slumdog Millionaire, El Discurso del Rey, En Tierra Hostil, Chicago o Una Mente Maravillosa, ganadoras todas ellas de un Oscar como mejor película,  no tienen la misma calidad y se perderán, sin duda,  con el paso del tiempo.

Qué ha sucedido entonces que el cine se ha vuelto caduco?
Por qué el buen cine ha dejado de ser premiado?

Qué debe hacer David Fincher, concretamente,  cuando hace cine impecable, con historias perennes y visualmente poderosas para semejante reconocimiento?

Está claro que al director estadounidense le debe importar una mierda ser ganador de un Oscar o no, aunque seguro que le gustaría evidentemente.

Curtido en el mundo del videoclip David Fincher ha conseguido tener un estilo personal.
Incluso con cintas menores como Alien 3, La Habitación del Pánico y la innecesaria (pero brillante) Millenium: The Girl With The Dragon Tattoo ha conseguido transmitir más que cualquiera otra película antes mencionada.

Y es que tras semejantes títulos de crédito, de los mejores que he visto nunca,  uno no puede más que quedarse en el asiento sin apartar los ojos de la pantalla.

El último intento de Shyamalan

Ay, pobre Shyamalan, convertido ahora en una sombra, ninguneado por la audiencia, despreciado por la crítica, desaparecido su nombre hasta de los tráilers en el último intento del director indio para ganar el terreno perdido, de mano del eficaz y siempre entregado Will Smith (y su buen ojo en los proyectos en los que participa).
After Earth da la impresión de ser una película con un planteamiento atractivo pero del que seguro su evolución la cambiarían todos y cada uno de los espectadores del cine.
Es de esas que están destinadas al fracaso.

Eso no quiere decir que la película no contenga escenas de acción que seduzcan a una gran mayoría
(sobretodo a esos que no se hayan dado cuenta que Shyamalann es el que está tras las cámaras).
Quizás, por una vez, el tráiler no engaña.
Lo cierto es que hay un prejuicio desmesurado al director que no llego a comprender.
El inútil de Brett Ratner sigue dirigiendo como si fuera el John Wayne del siglo veintiuno y aún le llueven los proyectos a Dennis Dugan, el director amiguete de Adam Sandler, que cada día que pasa sigue protagonizando películas de éxito sin que nadie le haya metido un balazo en la rodilla.

El Sexto Sentido, visto lo visto, le hizo más mal que bien, estrenada bajo el nombre del nuevo Spielberg, su idolatrado director. Fue una película correcta, que manejaba bien el tiempo del suspense, y con la que con pocos elementos conseguía una atmósfera si no inquietante, como mínimo, muy personal.
El Protegido, una de las mejores películas sobre superhéroes, un film incomprendido e infravalorado, no dejó buenas vibraciones para Señales, posiblemente su mejor película, donde demostraba, además de ser un buen director con los actores (soberbios Phoenix y Gibson en el diálogo en el sofá), no temblarle el pulso a la hora de mover la cámara. El riesgo que toma Shyamalann en cada encuadre, en el montaje de las escenas, es una virtud que no todos los directores tienen.

Pero, en algún momento, al director se le cruzaron los cables.
Ya no sólo aparecía con escasas líneas de diálogo en todas sus películas sino que En la Joven del Agua,
(una cinta peor de lo que parecía, mejor de lo que dijeron) sus intervenciones pasaron a ganar demasiado protagonismo.
El Bosque, un fraude de proporciones dantescas, terminaba con el misterio a mitad de película y con la paciencia de los espectadores que cerraron a cal y canto la esperanza de que Shyamalan retomara su rumbo.
El incidente, cuya media hora inicial es de lo mejorcito del cine del director, acaba dando vergüenza ajena.
A esas alturas imagino que Shyamalan pensaría que debería escoger un mejor proyecto para su siguiente película.
Y no se le ocurre nada mejor que dirigir The Last Airbender, su blockbuster, con la que ya medio mundo le sitúa en la lista de los peores directores del mundo.
Tampoco nos pasemos, que el dinero que tiene Michael Bay es inversamente proporcional a la ausencia de su talento como director.
En fin, no veo ningún mejor compañero de juegos como Will Smith para After Earth, aunque seguro que el actor habrá tenido en más de una ocasión la última palabra, lo que tampoco parece una mala idea teniendo en cuenta las malas decisiones que ha tomado el director últimamente.
Con un poco de suerte, el bueno de Will le habrá bajado los humos al director y vuelva a ser el que un día fue.
Que tampoco es tan malo.
Respeten, coño.