Títulos de crédito: más allá del cine y la tv

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Siempre me han fascinado los títulos de créditos. Desde aquellos créditos de Batman (1989), el primero que más me impactó, los miro todos como si fueran una película en sí, de hecho muchos aseguran que lo son, y como he escuchado de toda la vida, siempre hay que empezar bien las cosas. Me ha parecido un sacrilegio perder esos minutos importantes para no situar al espectador.
Los créditos han ido evolucionando y ganando seguidores. Por desgracia, pocos les prestan tanta atención como merecen. Fincher siempre ha tenido grandes títulos de crédito en sus películas (desde los míticos de Seven a los increíbles de The Girl With the Dragon Tatoo). Parece que ahora la pequeña pantalla, además de la calidad y creatividad que echamos de menos en el cine, se ha quedado con los mejores títulos de crédito.
Ahí están Dexter, Six Feet Under, American Horror Story, The Walking Dead, Game Of Thrones.
Es que la lista interminable.
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Bioshock: hasta el infinito y más allá.

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Dicen que lo mejor que te pasa en la vida llega por casualidad.
Así, sin querer, entré en Rapture , sin el conocimiento que entraba en un lugar del que cuesta regresar. Y es que se bajan las escaleras del faro al son de Beyond the Sea a una ciudad rodeada de locura, muerte y agua, mucha agua.
Rapture es, en definitiva, la idea muerta de unos pocos locos que se creyeron con el poder de decidir sobre los demás. Una ciudad destruida con un pasado definido por la sangre en sus paredes, escrita en los rincones oscuros, en la desesperación, en la locura, en el poder y en la ambición tras las ruinas y las máscaras. Aún así, la ciudad es un personaje más de la historia.

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Sin embargo, Columbia respira vida por todas partes, su historia vive en el presente y en un constante desarrollo del que somos testigos. La tranquilidad que respira la ciudad resulta incluso inquietante, los diálogos escuchados en las esquinas obligan a torcer el gesto y la luz llega a ser tan reveladora como la oscuridad del primer Bioshock. El miedo aparece a cara descubierta, sin máscaras de carnaval, con una sonrisa en los labios y con palabras educadas y amables que predican sobre la religión, la esclavitud o el racismo.
Lo que diferencia Bioshock de todos los demás videojuegos es que la historia no está en avanzar, matar, salvar y destruir — que también – si no que te obliga a parar una rato a reflexionar, unos instantes de pausa tan difíciles de llenar. En Columbia se puede quedar uno quieto y aún así, la ciudad sigue su curso y encuentra una distopía con señales identificables de una cercana realidad.
Una vez terminado, Bioshock Infinite pasa a ser una obra que va más allá de la pantalla. Se recicla y obliga a empezarlo otra vez viendo como (casi) todo encaja tras su épico y desconcertante final. Quizás lo más reprochable sería la poca presencia de Songbird y más batallas en escenarios grandes para disfrutar aún más del sky-line pero hay tanto con lo que disfrutar que se perdona fácilmente.

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Dan gusto compañías como Irrational Games o Naughty Dog, creando videojuegos que se han convertido en sencillas obras maestras del entretenimiento. La experiencia que el jugador tienen con estos videojuegos es tan especial que ya no se olvida y cuando tengamos sesenta años hablaremos de ellos a nuestros nietos.