A cuatro calles

Alberto tenía una casa con lámparas muy grandes colgando del techo, cuadros que no podías mirar en las paredes y en la cocina una mesa de cristal en la que te podías ver los pies mientras comías cereales.

Cuando hizo la fiesta de aniversario, su madre puso globos atados a las esquinas, adornos de colores en las puertas y un gran cartel en la entrada en el que se leía: “Feliz 10 cumpleaños”, que pintamos todos en casa de Marcos.

Alberto era amigo de todos y amigo de nadie, por eso su casa estaba tan llena, por esto tenía todos los juguetes que quería y era tan adorado por profesores, padres y niños.

A veces teníamos que oír cosas como: “Mira cómo estudia Alberto o “Tienes que ser tan ordenado como Alberto” y asentíamos mientras mirábamos hacia otro lado.

Eso nos molestaba como una piedra metida en el zapato.

No era la primera vez que entraba en su casa: yo era el chico que no rechistaba nunca, no me quejaba de nada y sabía jugar a lo que fuera. Yo era amigo de nadie y amigo de todos, estaba siempre y nunca se me veía, así que no tardamos en hacer buenas migas.

Cuando entraba en su habitación, me quedaba en la puerta con las manos en la espalda y veía como sacaba los juguetes de cajas grandes de colores: en la azul guardaba los muñecos articulados y en la amarilla de los animales.

“Cogedlos, pero que no se os rompan”, nos decía mientras nos enseñaba los juguetes.

Su madre nos traía a media tarde una bandeja llena de galleta y un vaso de zumo de naranja para cada uno. Cada vez que me iba de su casa, hacia las siete y media, la madre me ponía bien la chaqueta y me preguntaba si quería que me acompañase.

Siempre le decía que no: “Sólo estoy a cuatro calles. No importa.”

Al llegar a casa me sentaba en la mesa de madera que teníamos y acostumbraba a contar los minutos que pasaban hasta que mi padre se diera cuenta que había llegado.

En mi habitación tenía mis dibujos colgados con chinchetas y me volvía loco buscando los juguetes: era imposible encontrar el que quería, siempre lo encontraba cuando estaba cansado de jugar.

La fiesta de cumpleaños de Alberto nunca terminó porque encontramos a Alberto muerto en su habitación con los regalos todavía envueltos.

Nadie supo qué paso exactamente, aunque todas las culpas fueron para Marcos.

Al fin y al cabo, él estaba cuando entramos en su habitación diez minutos antes.

Alberto estaba de espaldas y no nos había oído entrar, así que teníamos al alcance su espalda, sus hombros y su cuello. Como soy amigo de nadie y amigo de todos puedo llegar a ser muy persuasivo y Marcos solo tuvo que cogerle del cuello y no soltarle durante unos instantes.

Yo no dije nada porque nadie mira cuando estoy presente pero sus manos eran, en realidad, las de todos los niños de la escuela, apretando cada vez más.

La policía, tras varias preguntas, me sugirió:

– ¿Quieres que te llevemos a casa, chico?

– No importa – les dije – estoy a cuatro calles.

Cuento seleccionado y publicado en el libro Baraka de los estudiantes de la Escuela de Escritores