Los dragones de David Fincher

Imagino que a estas alturas ya nadie debe creer en los Oscar, en los premios en general, convertidos ahora en una maquinaria en la que importa más el dinero que cualquier otra cosa que tenga que ver con la calidad de una obra.

En caso contrario que alguien se levante y me diga qué tiene The Artist, ganadora del Oscar a mejor película en 2012,  que no tenga El Árbol de la Vida. Simpatía? Quizás.
Con tanta nominación me pica la curiosidad saber qué debe tener David Fincher, uno de los mejores cineastas de la actualidad, para que (casi) nunca le den el reconocimiento de las obras maestras que dirige.  Es imposible no mirar atrás y preguntarse qué ha pasado desde el año 2000 que todas las películas no han tenido la misma reputación que las premiadas en los 90.

Bailando con Lobos, Sin Perdón, El Silencio de los Corderos,  La Lista de Schindler, Braveheart y hasta Forrest Gump se han convertido en clásicos del cine contemporáneo.

Crash, Slumdog Millionaire, El Discurso del Rey, En Tierra Hostil, Chicago o Una Mente Maravillosa, ganadoras todas ellas de un Oscar como mejor película,  no tienen la misma calidad y se perderán, sin duda,  con el paso del tiempo.

Qué ha sucedido entonces que el cine se ha vuelto caduco?
Por qué el buen cine ha dejado de ser premiado?

Qué debe hacer David Fincher, concretamente,  cuando hace cine impecable, con historias perennes y visualmente poderosas para semejante reconocimiento?

Está claro que al director estadounidense le debe importar una mierda ser ganador de un Oscar o no, aunque seguro que le gustaría evidentemente.

Curtido en el mundo del videoclip David Fincher ha conseguido tener un estilo personal.
Incluso con cintas menores como Alien 3, La Habitación del Pánico y la innecesaria (pero brillante) Millenium: The Girl With The Dragon Tattoo ha conseguido transmitir más que cualquiera otra película antes mencionada.

Y es que tras semejantes títulos de crédito, de los mejores que he visto nunca,  uno no puede más que quedarse en el asiento sin apartar los ojos de la pantalla.