Joe Crepúsculo: como un rayo que atraviesa las heridas

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Seguramente me perdonará la confidencia pero hace años Joël me grabó una cinta de cassette (sí, habéis oído bien) con canciones instrumentales que había compuesto. Un brillante recopilatorio de temas relajados que pronto se convertiría en mi preferido en mis constantes trayectos en tren a Barcelona.

Ahora que hace un mes ha salido su último disco Baile de Magos y, tras escuchar el cada vez más adictivo single Mi fábrica de baile, me doy cuenta que no necesita demasiado para crear melodías pegadizas y que podría componer lo que quisiera. Creo que si no le saliera bien, se llevaría la satisfacción de haberlo intentado.

Tras seis discos, su identidad me sigue pareciendo reconocible. Su sonido ha mejorado y tiene mejor empaque.
El giro con este disco me parecía necesario. Un paso valiente a aquellos que le señalaban como un personaje extravagante sin voz ni talento que moriría tras el primer disco. Ahora han visto que la cosa es más seria de la que creían y el personaje ahora esconde más talento del que se presumía.

Supercrepus es, sin duda,  mi preferido. Un álbum de largo recorrido lleno de canciones de amor, de letras lúcidas y visualmente poderosas (me dabas patadas si te intentaba besar).

Se le pueden reprochar algunas cosas (su voz, a veces desganada) pero es imposible no apreciar su versatilidad. Supercrepus, mejor disco del año según la prestigiosa Rockdelux, navega entre la inocencia y la brutalidad de una calle en los ochenta. Incluso la versión de El Último de la Fila (No me acostumbro: ¿tan buena era?) encaja perfectamente con el tono del disco y escuchado cinco años después aún a día de hoy sigue tan vivo como le suceden a aquellas obras atemporales que suelen ser obras maestras.

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